Shabat Tatzriá Metzorá – Viernes 17 abril / 30 Nisan: Velas: 17:59 hs.

Amar al ritual más que a Dios

Emmanuel Levinas tiene un hermoso texto llamado “Amar a la Torá más que a Dios”. Título sugerente, si los hay; una idea fuerte: ¿cuál es el lugar de Dios cuando finalmente aquello que perseguimos no es la divinidad, sino el simple cumplimiento de aquello que el texto, si bien revelado, nos manda?

Mientras leo a Isaías en la Haftará de esta semana, me pregunto: ¿cuál es el lugar de Dios en nuestro judaísmo?

En el Shemá Israel, la Torá pareciera ser muy clara: “Veahavta et Adonai Eloheja bejol levavjá uvejol nafshejá uvejol meodeja”. Amarás a tu Dios con todo tu ser, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas.

Dios vuelve a ser claro en esta lectura de Isaías (Isaías 44:9):

“Los que hacen ídolos en vano y el objeto de su adoración no ayuda en nada. Los ídolos mismos son objetos del oprobio de quienes los adoran, pues no ven ni piensan”.

¿Acaso nosotros adoramos a un Dios que nos propone una ética inquebrantable, que mira siempre al huérfano, a la viuda y al extranjero, obligándonos a cuidarlos, o tan solo adoramos el ritual? ¿Tan solo nos sentimos cómodos en la idea de que el cumplimiento del ritual nos va a hacer buenos y dignos a los ojos de Dios sin que la Ética Divina sea relevante en nuestra acción?

Najmánides, en la Parashá Kedoshim, trae una idea bisagra: “Naval birshut haTorá”, “el malvado de acuerdo con la Torá”. Básicamente, este concepto nos enseña que podemos cumplir al pie de la letra aquello que está escrito en la Torá, pero que eso no nos convierte en tzadikim; que incluso la ley y la letra, sin una dosis de humanidad y reflexión, en última instancia no nos dejan más que en el lugar de meros observantes de una ley que incluso si bien no transgrede el texto, transgrede aquello que Dios nos pide al pedirnos que seamos sagrados, que seamos un Pueblo Santo.

En última instancia, Dios nos pide que no tengamos ídolos, que lo amemos a Él, y esto es complejo, porque no sé cómo se ama a un Dios del cual no podemos tener certezas más que de aquello que no es. Definir a Dios, en última instancia, es también limitarlo al ámbito de lo humano.

Y en este momento voy a escribir algo en lo que habitualmente intento no meterme, que es en las creencias. Dios, a mi criterio, está ahí, esperando y buscándonos; nos pide que nos acerquemos, nos pide algo así como un contrato de exclusividad, y nos regaló la Torá para que hagamos con ella aquí, en la Tierra, lo que nosotros, como seres humanos, podamos hacer. Pero, al mismo tiempo, nos enseña el valor de una ética que busca estar cerca de los más débiles, de los más necesitados, de aquellos que muchas veces no pueden defenderse solos.

A veces, acercarnos a Dios, a lo Divino, no se trata del ritual. A veces, incluso, el ritual puede llegar a ser idolatría cuando aquello que adoramos es precisamente eso en sí mismo y no entendemos que el ritual es un medio: un medio para acercarnos a Dios, pero también un medio para ser más humanos. El ritual es una forma de trabajar para Dios cuando sabemos utilizarlo como un medio y no como un fin en sí mismo.

Tal vez es hora de que nos demos cuenta de que la alabanza es debida a Dios, en Sus palabras, y que el ritual está allí para transformarnos desde lo humano y acercarnos a Él.

Pero cuando dejamos que el ritual se convierta en Dios, cuando el objetivo es que el ritual sea perfecto olvidándonos de para qué está, tal vez finalmente podemos decir que esa idolatría del ritual termina siendo “amar al ritual más que a Dios”. Y eso es justamente lo que Isaías, como tantos otros profetas, nos dice que no hagamos si queremos encontrar finalmente nuestra propia redención personal y colectiva y encontrar Gracia frente a los Ojos de Dios.

Shabat Shalom
Rab. Martín Pussetto

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