Shabat ITRO – Viernes 06 febrero / 19 Shevat: Velas: 20:25 hs.

Juntar sin anular es la tarea. Sobre la haftará de parshat vaigash.

“La palabra del Eterno vino a mí diciendo: Tú, hijo de hombre, toma un madero y escribe sobre él: ‘Para Iehudá y para los hijos de Israel, sus compañeros’. Toma luego otro madero y escribe: ‘Para Iosef, el madero de Efraim, y para toda la casa de Israel, sus compañeros’. Acércalos uno al otro para que sean un solo madero y queden unidos en tu mano. Y cuando los hijos de tu pueblo te pregunten: ‘¿No nos explicarás qué significan estas cosas para ti?’, diles: Así dice el Señor, el Eterno: He aquí que tomo el madero de Iosef, que está en la mano de Efraim, y a las tribus de Israel, sus compañeros, y los pondré junto a él, con el madero de Iehudá, y los haré un solo madero, y serán uno en mi mano”[1].

Ezequiel, el profeta del exilio, el que sueña y anunciará el regreso a la Tierra de Israel, nos deja un mensaje que trasciende lo puramente geográfico. No se trata solo de volver a una tierra, sino de volver a ser hermanos. El retorno, que en el texto se prefigura como redención, nos coloca ante una pregunta incómoda y muy actual:

¿Puede haber redención colectiva si seguimos cultivando exilios entre hermanos, si nuestras búsquedas muchas veces tienden a separar y no a unir?

Esta pregunta no se limita a lo teórico o abstracto, sino que se juega en la común de la vida cotidiana. Muchas veces decidimos no hablar con este o aquel por diferencias en prácticas rituales, estilos, ideas o pertenencias. A veces humillamos o denostamos al otro simplemente por no coincidir, a pesar de que al estudiar los textos de nuestros sabios encontramos con frecuencia majlokot, discusiones respetuosas, y no la descalificación del otro. Muchas veces, incluso, dejamos de reconocer al otro como parte de nuestros propios hermanos, dejan de ser “de los nuestros”.

Frente a esto, vale volver a las palabras de Ezequiel y preguntarnos:

¿Estamos juntando los maderos, para que pueda existir esa redención que el profeta anuncia, o trabajamos arduamente, casi de modo necio e incansable para que no llegue?

¿Acaso puede haber redención colectiva, como sostiene el profeta, a partir de la separación?

Creo que el profeta nos invita a una acción concreta: “Acercar- Vaigash”, justamente, el nombre de nuestra parashá. Esta palabra no debería quedar en un enunciado vacío, sino convertirse en una acción concreta, determinada y valiente. No se trata de borrar diferencias ni de uniformar identidades, sino de unir sin anular.

La promesa divina nos orienta hacia un futuro de unidad, y nuestra tarea es empezar a construirlo en el presente, con palabras más cuidadas, con vínculos más dignos, y con la valentía de volver a mirar al otro como un hermano. Aun cuando sus prácticas o ideas no sean las mismas, podemos debatir y sostener diferencias sin romper el vínculo, sin elegir la distancia y el alejamiento.

Quizás, en el fondo, Vaigash nos está diciendo esto: la redención está en el plan divino, sí. Pero el camino hacia ella se abre cuando dejamos de pelear hacia adentro y empezamos a acercarnos, madero a madero, hasta volver a estar juntos, como al comienzo de nuestra parashá: “Vaigash elav”, “y se acercó”.

 

Shabat Shalom

Rab.Martín Pussetto

 

[1] Ezequiel 37:15-20

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