El monstruo y la bendición. Apuntes de Haftarat Vaerá.
Nuevamente Ezequiel, cuando no, siempre el profeta que anuncia regresos. Pero esta vez de otro modo: no es solo el retorno de Israel del exilio, sino también el regreso de la consciencia frente al poder humano que se cree absoluto.
La haftará de Vaerá comienza con una promesa:
“Cuando los reúna de entre los pueblos y los congregue de las tierras en que fueron dispersados, Me santificaré en ellos ante los ojos de las naciones; y habitarán en su tierra que di a Mi siervo Yaakov” [1]
Pero inmediatamente el texto nos lleva a Egipto, y allí aparece una imagen distinta a la sanción o premio a Israel, una profecía contra Egipto:
“Habla y di: Así dice el Señor Dios: He aquí que Yo estoy contra ti, Faraón, rey de Egipto, el gran Tanín que yace en medio de sus ríos, que dice: ‘Mío es el Nilo, yo lo hice para mí’”[2]
El Faraón ya no es solamente un rey opresor, es un tanín, un monstruo marino, una reminiscencia de los viejos dioses paganos del levante, del cocodrilo que gobierna el río y se cree dueño de la vida. El Nilo, fuente de la fertilidad, ya no es un don, sino una posesión.
“Es mío”, dice: “Yo lo hice”.
¿Cuántas veces creemos que algo nos pertenece?
El agua, la tierra, los árboles, el aire, incluso lo que en ellos mora. Cuando el mundo deja de ser un regalo y se convierte en propiedad absoluta, empezamos a parecernos peligrosamente a ese Faraón devenido en monstruo; amo y creador de aquello que no le pertenece pero el cree que si.
Por esto nuestros sabios nos prescribieron algo simple y profundamente revolucionario: decir cien bendiciones por día.
La Mishná Brurá[3], explicando el Shulján Aruj, nos enseña que quien disfruta de este mundo sin bendecir es como si robara, no a las personas, sino a Dios. Bendecir es reconocer que nada es de uno sino que todo es recibido y que en última instancia no somos más que arrendatarios de aquello que le pertenece ni más ni menos que a Dios.
Cada vez que bendecimos por tomar algo de aquello que es parte de este mundo desarmamos un poco a nuestro Faraón interior que nos dice: “Esto es mío. Yo lo hice. Yo decido sobre esto”.
Quizás por eso esta haftará une dos imágenes tan distintas: el regreso de Israel a su tierra y la caída del Faraón cuál monstruo, que todo es de su apetito y propiedad.
Desterrar a este Faraón-Monstruo es también aprender a habitar sin poseer; a tomar provecho internalizando que nada es nuestro y que todo es prestado.
Tomar provecho de lo que el mundo nos ofrece no siempre es tomarlo por la fuerza; a veces es simplemente aprender a agradecer y reconocer que nos fue prestado.
Decir bendiciones frente a lo que usufructuamos no es un ritual halájico, es un acto pequeño de resistencia contra el Faraón que cree que todo lo tiene, todo le pertenece y que todo lo creó.
En última instancia no es más que declarar, una y otra vez: el Nilo no es mío, la vida no es mía, el mundo y lo que en él moran no me pertenecen.
Shabat Shalom
Rab. Martín Pussetto
[1] Ezequiel 28:25
[2] Ezequiel 29:3
[3] Mishná Berurá, comentario halájico de Rabí Israel Meir HaKohen de Radin (el Jafetz Jaim), publicado entre siglos XIX-comienzos del XX.
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