La era mesiánica tal vez sea tan solo un abrazo renovado y cariñoso
La Haftará de Shabat Hagadol es una lectura de las que llamamos del género apocalíptico, una visión sobre el final de los tiempos. Allí, Dios enviará al profeta Eliahu antes de su día grande y temible.
La imagen del profeta Elías trayendo la redención de Israel, o acaso de toda la humanidad, siempre fue para mí un misterio profundo. ¿Por qué vendrá Eliahu? ¿Qué es exactamente lo que esperamos cuando lo invocamos?
De hecho, cada vez que termina Shabat cantamos al profeta Eliahu y pedimos su llegada. Hacemos lo mismo en el Seder de Pesaj: llenamos una copa para el profeta Elías, abrimos las puertas de nuestras casas y esperamos que venga trayendo consigo la redención para la humanidad. Y, sin embargo, esa espera, al menos para algunos de nosotros, no está exenta de preguntas, ni de silencios, ni de historias personales que también buscan redención.
Y he aquí que el texto del profeta Malají dice lo siguiente (Malají 3:23-24):
“He aquí, Yo os envío al profeta Elías antes de que venga el día del Eterno, grande y temible. Y hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia sus padres, no sea que Yo venga y hiera la tierra con destrucción.”
¿Qué va a hacer el profeta Elías?
Va a hacer volver el corazón de los hijos hacia sus padres y el de los padres hacia sus hijos.
El comienzo de la redención, entonces, tal vez no requiere de grandes gestos ni de transformaciones espectaculares, sino tan solo de un pequeño movimiento de nuestro corazón.
La era mesiánica anunciada por el profeta, precedida por la llegada de Eliahu, no es más ni menos que la posibilidad de que los hijos se reconcilien con los padres y los padres con los hijos.
Sobran las historias en la Torá, pero también fuera de ella, de relaciones difíciles y accidentadas entre padres e hijos. Basta pensar en Abraham e Itzjak en el Monte Moriá, en Itzjak y Esav con ese llanto desgarrador que no alcanza a revertir una bendición ya dada. Y como estas, tantas otras historias que parecen hablarnos no solo del pasado, sino también de nuestras propias vidas.
Maimónides, en su Mishné Torá, en las leyes de los Reyes 12:2, nos enseña que antes de la redención final, antes incluso de los grandes acontecimientos cósmicos, vendrá un profeta, Eliahu, no para cambiar la halajá, no para declarar puro lo impuro, no para redefinir categorías religiosas, sino simplemente para establecer la paz en el mundo, haciendo volver el corazón de los padres hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres.
Tal vez la Haftará nos está enseñando que la redención comienza en los vínculos. Que entablar o restablecer una relación con nuestros padres, mantenerla viva, o incluso encontrar dentro de nosotros la capacidad de perdonar aquello que nos duele, puede ser el primer paso hacia un mundo de paz.
Y no siempre es fácil. A veces implica retomar y recorrer caminos internos que no elegimos, enfrentarnos a heridas que no cerraron del todo o incluso reabrir cicatrices. Porque tal vez la redención, nuestra propia era mesiánica, no llegue solo cuando cambie el mundo, sino cuando, aun en medio de lo que no fue como hubiéramos querido, podamos hacer espacio para que el corazón, de un lado y del otro encuentre el modo de volver en un abrazo renovado y cariñoso.
Shabat Shalom
Rab. Martín Pussetto
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