Shabat ITRO – Viernes 06 febrero / 19 Shevat: Velas: 20:25 hs.

La bendición y la maldición Malají: 1:1-14 2:1-7

Siempre pedimos bendiciones. Vamos al Beit Hakneset y nuestra tefilá está repleta de bendiciones. Pedimos también que nos bendigan. Cuando nos casamos hacemos siete bendiciones, y todos los días, en la Amidá, recitamos diecinueve bendiciones en las cuales mezclamos pedidos, agradecimientos y alabanzas al Nombre de Dios.
 Bendecimos, somos bendecidos y pedimos bendición; como cuando deseamos que la memoria de un ser querido sea bendición, o cuando pronunciamos bendiciones sobre los alimentos reconociendo la presencia divina en todo lo que nos rodea.

Pero hoy, mientras leía la Haftará, en este caso del profeta Malají, me pregunté:

¿Qué es realmente una bendición? ¿Acaso todo lo bueno es bendición? ¿O la bendición es simplemente aquello que yo deseo y obtengo?

En la Torá, el concepto de bendición suele estar ligado a dos cuestiones bastante específicas: por un lado, la descendencia, como observamos en la promesa de Dios a Abraham de convertirlo en una gran nación[1]; y por otro, la lluvia y todo lo vinculado con la tierra[2]. La bendición no era otra cosa que vida, comida y sustento.

Sin embargo, nuestra lectura de Malají nos enseña algo más: nos recuerda que, a veces, la bendición puede convertirse en maldición, que no todo lo que creemos bendición lo es, y que muchas veces aquello que pensamos como bueno termina transformándose en lo contrario.

Malají 2:2 dice: “Si no queréis escuchar y si no prestáis atención para dar gloria a Mi Nombre, dice el Eterno de los Ejércitos, haré recaer la maldición sobre vosotros y maldeciré vuestras bendiciones. Sí, las maldeciré (…)”.

Dios nos advierte que maldecirá nuestras bendiciones. Entonces, ¿puede la bendición volverse una maldición?

Tal vez una lectura profunda de las palabras del profeta arroje luz sobre lo que llamamos bendición.

Y aquí llegamos a una idea central: a veces creemos que la bendición es “tenerlo todo”. Pero quizás una de las mayores bendiciones sea justamente el deseo, la capacidad de anhelar, de proyectar, de construir. Que nuestras manos puedan crear la vida que deseamos, y que hallemos bendición en los logros alcanzados, aun cuando el camino sea arduo y complejo.

En última instancia, tener bendición no significa poseerlo todo, sino tener lo necesario para vivir y para edificar el mundo que queremos habitar. La verdadera bendición es conservar la capacidad de desear, porque esos deseos son el motor que nos impulsa hacia nuestros anhelos.
Tal vez la maldición no radica en no haber alcanzado aún lo que queremos, sino en haber perdido la capacidad misma de desear. Cuando ya no reconocemos la bendición que está en nuestras manos, cuando creemos que la bendición es únicamente recibir y no construir, allí es cuando la bendición puede convertirse en maldición.

 

[1] Bereshit 22:17: “Porque ciertamente te bendeciré, y enormemente multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos.”
 
[2] Devarim 28:4: Bereshit 22:17: “Porque ciertamente te bendeciré, y enormemente multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos.”

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