Sobre Ofrendas y algo más
¿Cuántas veces ofrendamos nuestro tiempo, nuestras acciones, nuestro afecto, incluso mucho más que aquello que poseemos?
¿Cuántas veces creemos que nuestra ofrenda será recibida? Y no solo eso, ¿cuántas veces esperamos que, además de recibida, nuestra ofrenda sea agradecida y tomada en cuenta?
A veces nos encontramos, como esta semana en Parashat Sheminí y su correlato en la Haftará de Samuel II, con que nuestras ofrendas, incluso hechas de corazón, pueden ser rechazadas. Pueden incluso lastimar a aquellos a quienes las brindan, como los hijos de Aharon, que llevan una ofrenda no solicitada y mueren en el Mishkán, o Uzza, cercano del David, que muere luego de intentar proteger el Arca, ofrendando su cuerpo en pos de la salvación de un elemento sagrado. En ambos casos, el propio Dios castiga y da muerte a estos personajes que simplemente se ofrendaron con el corazón abierto, sin, en apariencia, realizar transgresión alguna.
Estos episodios, incluso por momentos incomprensibles, nos interpelan profundamente: ¿cómo puede enojarse Dios a tal punto como para responder con la muerte frente a una ofrenda, sea por salvar el Arca o por llevar incienso al templo?
He aquí que, justamente, la ofrenda, cuando uno la hace, no debe ser esperada como retribuida. Aún más, incluso puede ser despreciada. El desprecio de nuestra ofrenda, incluso la burla frente a ella o la falta de aceptación de la misma, no debe impedirnos seguir adelante como seres humanos. Nos debe llevar a no convertirnos en aquello que rechaza la ofrenda, sino en quienes, a pesar de ello, pueden seguir ofrendando, incluso si dicha ofrenda, en última instancia, puede dolernos por no ser aceptada.
Hablemos en presente. Traigamos nuestros textos a nuestros días y aprendamos a convivir con ellos, incluso con la incertidumbre de si nuestras ofrendas de corazón, no a Dios sino a otros seres humanos, serán aceptadas como tales, o si tendremos que aceptar que el otro no necesariamente está abierto a recibirlas.
Y quizás allí radique la enseñanza más dura: que incluso una ofrenda nacida del cuidado, como la de Uzza al sostener el Arca para que no caiga, puede no ser aceptada. No toda entrega encuentra recepción. Pero eso no invalida el gesto de ofrendar; más bien nos desafía a sostener nuestra capacidad de dar, aun cuando no haya respuesta, aun cuando duela, aun cuando, como en el caso de Uzza, la ofrenda quede suspendida en el misterio de no haber sido recibida.
Shabat Shalom
Rab. Martín Pussetto
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