Shabat Matot Masei – Viernes 10 julio / 25 tamuz: Velas: 17:32 hs.

Ayunar, recordar y pensar.

Entre el 17 de Tamuz y el 9 de Av leemos tres haftarot especiales conocidas como “Tlata de Puranuta”, es decir, las “Tres de Calamidad”. Estas semanas reciben el nombre de Bein HaMetzarim, los días que transcurren “entre las estrecheces”. La palabra “tzar” remite tanto a la angostura como a la angustia.

Este período recuerda que el 17 de Tamuz se abrió una brecha en las murallas de Jerusalem y que, finalmente, el 9 de Av tuvo lugar la destrucción del Templo. A partir de allí comenzó el primer gran exilio y surgieron las primeras diásporas judías, en el año 586 AEC: la babilónica y la egipcia. Sin embargo, junto con esa tragedia también nació una nueva forma de vivir el judaísmo, inicialmente sin Templo, hasta el regreso a Sion y su posterior reconstrucción.

Ciertos textos halájicos establecen durante estas semanas la abstención de ciertas prácticas. Por ejemplo, Moshé Isserles, destacado decisor del siglo XVI, señala que no se debería cortar el cabello desde el 17 de Tamuz hasta el final del 9 de Av, dado que se trata de un período de duelo. Asimismo, tanto el 17 de Tamuz como el 9 de Av están marcados por el ayuno.

Hoy me pregunto: ¿por qué ayunar por un hecho histórico tan lejano? En un tiempo en el que contamos nuevamente con soberanía en la Tierra de Israel y, más aún, sobre Jerusalem, ¿qué sentido tiene mantener este ayuno? Tradicionalmente, el ayuno es una forma de expiación para intentar modificar el designio divino, como hizo la reina Ester antes de llevar adelante su plan; como hacemos cada año en Iom Kipur al afligir nuestras almas en busca de perdón; o como hicieron los habitantes de Nínive tras la advertencia del profeta Ioná. Sin embargo, este ayuno parece sostenerse más como un acto de memoria.

Estas mismas preguntas surgen también respecto del 9 de Av. Incluso hoy, hay quienes optan por realizar solo medio ayuno en esa fecha.

En cuanto al 17 de Tamuz, siempre fue considerado un ayuno menor, más flexible que otros, pero nunca dejó de observarse.

Y entonces pienso si, en pleno siglo XXI, conscientes de la fortaleza de nuestra tierra y de esos muros de Jerusalem reconstruidos y más firmes que nunca, este ayuno por la destrucción no podría convertirse en un recordatorio de las causas que la provocaron: el odio gratuito entre hermanos, la intolerancia y la falta de aceptación.

Tal vez el ayuno no deba centrarse únicamente en la destrucción, sino también en reflexionar sobre sus causas, para evitar que se repitan. Al mismo tiempo, podemos celebrar y alegrarnos de que Jerusalem está reconstruida y de que el judaísmo está más vivo que nunca, sin olvidar que la destrucción no fue solo consecuencia de la maldad de Nabucodonosor, sino también de nuestras propias acciones como pueblo.

Shabat Shalom

Rab. Martín Pussetto

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