Isaías 54:1-55:5 “Des-eclipsando a Dios”
El texto de nuestra Haftará se encuadra dentro de la profecía de Isaías de consolación, un Isaías que nos recuerda que la desdicha de Israel no será eterna, que incluso en la transgresión, el pacto que forjó con Israel está vigente como escuchamos de voz del profeta:
“Por un breve momento te abandoné pero con gran misericordia te reuniré. En un arranque de ira oculté Mi Rostro de ti por un instante. Pero con amor eterno te mostraré mi misericordia, dice tu redentor, El Eterno. Pues ese enojo es para Mi como las aguas de Noaj: así como juré que las aguas de Noaj no volverán a inundar la Tierra, similarmente he jurado que no Me irritaré más contra ti ni te increparé. Las montañas pueden ser movidas y las colinas pueden tambalearse, pero Mi compasión no se aparta de ti ni tambaleará Mi Pacto de paz, dice El Eterno. Quien se apiada de ti”[1].
En última instancia la imagen que Isaías nos propone es la imagen de la solidez divina en su acto de redención: incluso el epítome de la solidez como la montañ puede tambalear, más no así la compasión y el acompañamiento de lo divino al Pueblo de Israel, incluso en su exilio.
Me detengo en este punto, el exilio, ¿a quién le habla el profeta?. Le habla al exiliado, a aquel que por medio del yugo destructor de Babilonia yace en las lejanías de su Tierra, erra por un mundo y una cultura ajenas. De alguna manera Isaías le habla ya no al Pueblo de Israel sino a lo que se constituirá en el integrante de un Pueblo exiliado y en dispersión.
Edmond Jabés, escritor y poeta Franco-Judío, nacido en Egipto en 1912 nos regala la siguiente reflexión “(…) la condición del exiliado ha sido vivida y llevada a tales extremos, individual y colectivamente durante tanto tiempo, (“que”) la condición judía es en su abreviatura un símbolo ejemplar (…)[2]”
El texto de Isaías nos invita a comprender la importancia de un Dios que puede trascender las fronteras terrenales de las Naciones, un Dios que puede habitar en el Exilio, que puede acompañar al Judío a donde sea que se encuentre, incluso cuando el propio “Galut[3]” ha sido instrumentado por el propio Dios. Isaías nos recuerda que el exilio del Pueblo de Israel, sea el Babilónico o el que se prolongó hasta el nacimiento del moderno estado de israel, y que es marca individual y colectiva de cada uno de los integrantes del Pueblo Judío no constituye más que un momentáneo ocultamiento del rostro divino, un mero eclipse de Dios[4] pero de ninguna manera su abandono ni su deslegitimación.
Los invito en este Shabat a que podamos abordar y repensar nuestra relación con aquello que consideramos divino, pensando que tal vez nuestra misión no sea pedirle a Dios que interceda por nosotros cuando estamos en búsqueda de nuestra propia redención, sino tal vez, buscar la forma de correr ese velo donde yace oculto lo divino y finalmente des-eclipsar el rostro de Dios. Parafraseando a Isaías: incluso a diferencia de las montañas, Dios siempre se mantiene firme junto a cada judío que habita el mundo que El alguna vez pensó en destruir.
Shabat Shalom
Rab. Martín Pussetto.
[1] Isaías 54:7-10
[2] Edmond Jabés. Del desierto al libro. Entrevista con Marcel Cohen. Ed Trotta. 2000. Pg-95.
[3] Palabra hebrea para designar el exilio o expulsión forzosa
[4] Término utilizado por Martín Buber en el libro de título homónimo “Eclipse de Dios”
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