Isaías 40:27–41:16 Religiosidad e Idolatría
El Ritual, pero por sobre todo la Idolatría. ¿Acaso estamos seguros de que nuestras prácticas no remedan la adoración de ídolos? ¿Acaso, a veces, no terminamos siendo idólatras del ritual, idólatras del objeto?
Isaías, esta semana, nos orienta, nos acomoda y nos recuerda que no hay lugar para el culto a los ídolos en Israel; que el mero hecho del rechazo de la idolatría no es más que el motivo de la elección del Pueblo de Israel por parte de Dios. La claridad del profeta al respecto es inigualable:
“Se ayudaban unos a otros y mutuamente se alentaban: ¡Esfuérzate! El carpintero daba ánimo al orfebre, y el martillador al que golpea en el yunque, y alababa a la soldadura diciendo: ‘¡Qué buena que es!’ Luego aseguraba con clavos para que no se destartalase. Pero tú, Israel, eres mi servidor, Iaacov, a quien he escogido, simiente de Abraham, que me amó, tú, a quien he tomado desde los confines de la tierra y entre los más nobles de ella te he llamado y te he dicho: ‘Tú eres mi servidor, te he elegido y no te he rechazado[1]’”.
Los artesanos, orfebres y carpinteros alababan la soldadura final, la moldura de la que emergería el dios. Pero Israel es distinto: el ritual de la moldura, de la perfección del objeto y de la cosa no está presente. La imperfección en la imagen, su in-existencia y la confianza en la propia abstracción que representa lo Divino constituyen la razón de la elección de Israel. “Iaacov, simiente de Abraham que me amó”, dice el Profeta. Abraham solo confía; no necesita que Dios sea imagen, moldura o perfección: tan solo confía y avanza.
Isaías, el profeta, amonesta: no hay lugar siquiera para que podamos rascar en forma superficial lo que implica Dios, aquello que Dios representa o es. No hay lugar para ello. Las palabras son elocuentes:
“¿Por qué dices, Iaacov, y declaras, Israel: ‘Mi camino está oculto para Dios y mi causa ha sido ignorada por Elohim’? ¿Acaso no sabes, si no lo aprendiste, que Hashem es Elohim eterno, Creador de los confines de la tierra, Quien no se fatiga ni se cansa y cuyo discernimiento trasciende toda posibilidad de ser inquirido?[2]”
Y he aquí que hemos convertido al Ritual en Dios. Tal vez hemos reemplazado a Dios por la moldura y la soldadura. Creemos en la necesidad de que nuestros rituales sean perfectos, de que cada palabra sea respetada como objeto-palabra, pero vacía de confianza en ese Dios que nos presenta Isaías y en el que confió Abraham, patriarca y origen de nuestro camino judío milenario.
Muchas veces convertimos el Ritual en un fin, olvidando que es un medio para acercarnos a lo Divino; pero el Ritual, en sí, no es Divino. El ritual es una necesidad e invención humana para intentar asir, aunque sea de modo lejano y superficial, aquello a lo que llamamos Dios.
La lectura de Isaías no debe pasarnos desapercibida, al menos en lo que yo entiendo es su sentido más profundo: repensar nuestros rituales otorgándoles sentido, para que se conviertan en medios que nos acerquen a Dios; para que sean ritos que nos permitan pasar, y que no los pensemos como fines, en los cuales finalmente se convierten en dioses y olvidamos, de esta forma, aquello que nos distinguió y nos hizo ser elegidos como Pueblo: nuestra lucha y batalla contra aquello que llamamos, sencillamente, idolatría.
Shabat Shalom
Rab. Martín Pussetto
[1] Isaías 41:6-8
[2] Isaías 40:27-28
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