Shabat Matot Masei – Viernes 10 julio / 25 tamuz: Velas: 17:32 hs.

Tan solo, cómo el rocío

Y será el remanente de Iaacov, en medio de muchos pueblos, como rocío de parte del Eterno, como lluvias sobre la hierba, que no espera al hombre ni aguarda a los hijos de los hombres.Mijá 5:6

Durante siglos, vivimos como judíos dispersos entre las naciones. Fuimos minoría, huéspedes, vecinos, ciudadanos; a veces recibidos, muchas veces perseguidos. La imagen del profeta Mijá no habla de un pueblo condenado a desaparecer, sino de rocío. Algo delicado, casi imperceptible, capaz de humedecer la tierra y hacerla vivir.

El rocío no irrumpe con grandes truenos y rayos. Llega silenciosamente, desde el cielo, y transforma lo que toca, el rocío moja y la planta crece. Así imagina el profeta al “remanente de Iaacov”: una presencia pequeña, pero viva; vulnerable, pero portadora de bendición y vida.

Mientras leía y pensaba sobre las palabras de Mijá me acordé y comencé a escuchar esa vieja canción del grupo Kansas llamada Dust in the Wind.

Me llamó la atención el contraste, esta canción expresa otra intuición, la conciencia de que todo puede desvanecerse, de que nuestras vidas, ambiciones y construcciones son frágiles frente al paso del tiempo, en última instancia se desvanecen sin dejar rastro como el polvo que se esparce en el viento. 

Después de tantas catástrofes de la historia judía, y especialmente luego de la Shoá, esa sensación no nos es ajena. Hemos conocido demasiado bien lo que significa que la vida, la comunidad o nuestra cultura parezcan quedar reducidas simplemente al polvo que invita a las garras del olvido.

Pero Mijá propone otra mirada. No somos polvo en el viento, somos rocío.

El polvo se dispersa y desaparece. El rocío cae para dar vida. El polvo es lo que queda cuando algo es destruido; el rocío es el comienzo de algo nuevo. La historia judía contiene ambas imágenes: la fragilidad de la dispersión, pero también la capacidad obstinada de volver a florecer.

Hoy, en el siglo XXI, seguimos siendo parte de muchas naciones. Hablamos sus idiomas, participamos de sus debates, construimos sus sociedades y compartimos sus destinos. Pero vivimos también después del renacimiento de una soberanía judía en Israel. Eso transforma profundamente nuestra forma de concebir nuestra propia dispersión: ya no somos solamente una minoría que espera ser tolerada. Somos un pueblo que sabe que tiene un hogar, una historia y una responsabilidad propia.

La pregunta  ya no es si seremos polvo o rocío. La pregunta es qué presencia queremos ser en el mundo: si pasaremos por él como algo que el viento arrastra, o si seremos capaces de aportar, como el rocío, vida, recambio y esperanza renovada.

Shabat Shalom

Rab Martín Pussetto

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