Shabat VAIAKEL PEKUDE – Viernes 13 marzo / 24 Adar: Velas: 19:45 hs.

Entre exilios y canciones

Entre exilios y canciones, las canciones aún no llegan; para ello hay que cruzar el mar.
Los exilios dan miedo: partir es incierto, el dolor permanece.

Hace muchos años estudié con mi rabino una suguiá del Talmud, una unidad temática en la que se describía una práctica específica vinculada al matrimonio en determinadas situaciones. Al adentrarnos en ese estudio, nos encontramos con un comentario de los llamados Tosafot, un grupo de sabios judíos medievales de Francia, que explicaban una práctica que, en apariencia, iba en contra de la halajá talmúdica clásica.

Ellos mismos lo reconocían, pero lo explicaban del siguiente modo, me permito parafrasear sus palabras:

Hoy realizamos este tipo de matrimonio, a pesar de que sabemos que no es exactamente lo que menciona el Talmud o la Mishná, porque el yugo del exilio nos oprime cada día. Y si no hacemos las cosas de este modo, tal vez el precio a pagar sea mayor que el de transgredir aquello que, en condiciones ideales, deberíamos hacer según la práctica halájica talmúdica[1].

El yugo del exilio, del desarraigo, nos oprime día tras día. No solo como una condición histórica, sino como una experiencia existencial. El exilio no es únicamente estar lejos de una tierra; es vivir bajo presión, decidir con miedo, elegir entre males, cargar con la urgencia del presente sin la seguridad del mañana.

En ese contexto, el profeta Jeremías se dirige a Israel y le dice:

No temas, siervo mío Iaacov; no tengas miedo, Israel. Pues he aquí que te rescataré a ti y a tus descendientes de la tierra lejana a la que fueron desterrados. Iaacov volverá, estará en paz y en armonía, sin que nadie lo perturbe” [2].

Cuando nos enfrentamos al yugo de lo desconocido, al fruto del exilio, de la migración, del desarraigo, cuando nos sentimos prisioneros de un mundo que parece cercano y familiar pero que, en el fondo, es ajeno y distante, las palabras de Jeremías vuelven y nos dan sentido para avanzar: nos recuerdan que el miedo no es la última palabra, que el exilio no es el final del camino.

En paralelo a nuestra Haftará leemos Parashá Bo. Se acerca la última plaga: la muerte de los primogénitos. Moshé ordena a su pueblo permanecer dentro de sus casas durante la noche, marcar las puertas, resguardarse para que la plaga pase de largo por los hogares de los Benei Israel. Antes incluso de salir hacia la libertad, la opresión del exilio se intensifica: al peso de la esclavitud se le suma el miedo ante una muerte inminente, la angustia frente a una violencia que no se controla y que clama sangre desde la oscuridad.

Y es precisamente allí donde irrumpe la voz de Jeremías: “no temas”. No porque el miedo no exista, sino porque no tiene la última palabra. La salida no siempre comienza con movimiento, a veces comienza con quietud y con espera, incluso más larga de la que quisiéramos. A veces requiere permanecer adentro, marcar nuestra puerta, confiar sin certezas. Y aunque hoy sólo percibamos exilio como el pueblo de Israel en el crepúsculo de su liberación, llegará el momento en que miremos hacia atrás comprendiendo que incluso esa noche, con su tensión, su encierro y su incertidumbre, fue el punto exacto en el que empezó a quebrarse la opresión para dar paso a la libertad.

[1] Ver Tosafot a Masejet Kidushin 41A.

[2] Jeremías 46:27

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