Las más altas esperanzas.
La profecía de Zacarías nos transporta al regreso del Pueblo de Israel a su tierra y a la reconstrucción de Jerusalén luego del exilio babilónico.
El profeta es interpelado con la siguiente pregunta:
“Y me dijo: ¿Qué ves?. Y respondí: He visto, y he aquí una menorá toda de oro, con su depósito sobre su parte superior y sus siete lámparas sobre ella”.
La imagen de la menorá puede entenderse como una representación de la presencia divina y de los valores que acompañan la vida del pueblo de Israel. Sin embargo, el mensaje central de la visión de Zacarías es que esa luz no depende únicamente de la fuerza humana. El profeta escucha las palabras divinas: “No con ejército ni con fuerza, sino con Mi espíritu, dice el Eterno de los Ejércitos”. En un momento histórico en que la reconstrucción de Jerusalén parecía una tarea difícil y llena de obstáculos, el profeta transmite la idea de que las transformaciones más significativas requieren algo más que poder político o militar: necesitan inspiración, convicción y perseverancia.
¿Cuántas veces pensamos que nuestros propios caminos están bloqueados?
¿Cuántas veces nos encontramos frente a encrucijadas donde todo nos parece imposible?
La pregunta inevitable nos acecha:
¿Cómo enfrentarnos a aquello que parece un obstáculo infranqueable?
Y es allí donde lo único que nos queda es la convicción, el espíritu y la confianza en nuestras posibilidades; los momentos en los que debemos respirar hondo, avanzar y confiar en que, incluso cuando se cree que todo está perdido, incluso en el momento en que más duele, cuando más aprieta la desesperación, allí está la visión de esa menorá que ilumina, esa luz al final del camino que no es más que reconstrucción, pero que sobre todo nos enseña que no por la fuerza, no por el dolor ni por la imposición, sino con perseverancia, aire y convicción, podremos avanzar en esos momentos de desasosiego, como pudo hacerlo el Pueblo de Israel al regresar a su tierra luego de más de setenta años de exilio babilónico, o, aún más cerca de nosotros, luego de casi mil novecientos años de exilio, cuando recuperamos nuestra tierra y la reconstruimos en nuestra moderna y pujante Medinat Israel.
Shabat Shalom
Rab. Martín Pussetto
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